jueves, 11 de agosto de 2011

Remembranzas

Ahí estás, desde hace tantos años, acurrucada con tu silencio, acostumbrada a mi silencio. He de mirarte, he de recorrer cada centímetro de tu delicada piel, blanca y tersa, suave como los pétalos de aquellas rosas que solía llevarte cada aniversario, te me entregabas en un beso calido amaneciente.
He de mirarte y las remembranzas vuelan en pos de lo que solías ser, y ahí estás, acurrucada en ese silencio que con los años se ha ido acumulando tanto como las arrugas de tus manos, el polvo gris en tus cabellos y lo pálido de tu cuerpo.

Te estoy mirando, y busco a la mujer que amé desde que sus pechos eran pequeños botones, pequeños brotes de seducción y sus risas se mecían en el canto de las aves y sus cabellos danzaban a la par de las hojas en nuestras tardes de otoño, atardeceres en los que descubría las avellanas de tu rostro, te miré y te sigo mirando. Desde entonces te estoy mirando.

Aquí estoy, consumido por el humo del tabaco, sentado frente a ti, mirándote, mirándote mujer, recordando lo que solías ser, y que sin embargo no has dejado de ser, porque a pesar de los estragos que el tiempo ha dejado sobre ti, sí amor mío, ese tiempo al que tanto llamabas relativo con una sonrisa en tus dulces labios, ese tiempo que abrazaste una noche de invierno que apretaste fuerte a tu pecho, ese tiempo mi cielo te ha jugado sucio, se ha llevado el brillo del atardecer que brotaba en tu pelo, en un beso te robó el carmín de tus labios, y el suave andar de tus pasos, a pesar de tu cansancio me sigues mirando y en tu mirada el tiempo pasó de largo, porque no le viste nunca por estarme mirando.

Aquí estamos como desde hace tantos años, y nos seguimos mirando, y en tu mirada sigues siendo la mujer de esas tardes de otoño que se acurrucaba entre mis brazos.
Comparecieron ante la noche,
declararon la desolación
ante las plausibles maravillas modernas,
Censuraron la transformación de sus cuerpos
cubiertos en un espasmo violento,
acaecido en las más bellas ruinas
 donde las pasiones cobran fuerza.

Los arreboles de mi alma ibanse acercando
le rozaban al cielo  la entrepierna
encapotado de silencio parecía irse,
se encaminaba a la caída de un Dios,
apenas estuvo dentro,
sintió embargar todos los sentidos
a la estancia de un vientre ferviente.

Rasgos de Flora son sus espaldas,
natural anatomía, vino de antaño
ojos de polvo, ceguera infame,
sed y mal, paradoja del mundo.

Piedras humanas inescrutables,
rara mezcla de venas y sangre
inserta en el pecho del hombre,
la más sólida, la más hueca siempre.

Terrible muerte a la eternidad,
sodomía al monte de Venus
sucedida en pelvis de cristal,
perla negra coronada de laurel .